sábado, 9 de octubre de 2010

- "¡Ni que yo fuese Cenicienta!" - Diario de una Pringadilla

Querido Diario:

¡Seguro que el desafortunado criado que tuvo que encontrar a Cenicienta, tuvo menos problemas que yo para lograr que el zapato encajara!

Te pongo en antecedentes. Como bien sabes, hace ya algunos añitos que bailo salsa y -una vez que pasas del "paso pa'lante, paso pa'tras" a "¡Dios qué mareo! ¡Éste se ha creído que soy una peonza!"- es conveniente comprarse unos zapatos de baile como Dios manda.

Pero los zapatos de baile, a pesar de su utilidad, tienen tres problemillas:

  • 1º) El Precio: Vale que son de piel, que tienen el tacón de acero y la suela de terciopelo... pero parece que los fabriquen con pan de oro... Así que los uso hasta que se suicidan.
  • 2º) Son sandalias: Y pensarás... eso no es un problema. ¡Cómo se nota que tú no tienes pies, Diario! Llevar sandalias en una pista de baile abarrotada de paquidermos, novatos, "porque yo lo valgo" y demás energúmenos, significa tener que comprar acciones de trombocid.
  • 3º) Que encajen: Ese no es un problema para la mayoría de la gente... pero ayer coincidimos en la tienda tres mujeres que lo sufríamos.
Y este tercer problema fue el que nos hizo aliarnos. Para salvaguardar nuestros alter ego, os diré nuestro nombre de heroínas. Allí estabamos: "Supermodelo", guapísima, metro ochenta de estatura y un cuarenta y dos de pie; "Fido Dido" con un precioso pie muuuy delgado y yo, el "Hobbit", no creo que haga falta explicar más -pero sin pelos gracias a Santa Cera Caliente-. No quiero oír ni una risa al respecto.

Total, que entramos en la tienda con toda nuestra inocencia y empezamos a mirar hileras y más hileras de hermosos zapatos de todos los colores del arco íris y todas las formas imaginables. Nos sentamos y empezamos pedir números de nuestros preferidos.

Al ver el pie de "Supermodelo", la dependienta empezó a parpadear como un buho con legañas y se puso el casco de minero para rebuscar en el almacén algo que le cupiese. Mientras tanto, "Fido Dido" hacía prácticas para las Olimpiadas de invierno en los zapatos. Y yo... me peleaba con los modelos. Estas tiras no dan de si. Estas otras no sujetan al tobillo, esta plantilla se despegará, esta otra es de plástico, esta zapato no está bien rematado, estos son feos, este tacón es demasiado bajo, este es demasiado alto...". Cuando mi dependiente había empezado a afilar la navaja bajo mi nariz, me decidí por unos pocos modelos para probarme. Y ahí empezó el suplicio.

"Supermodelo" seguía suspirando delante de los tres únicos modelos disponibles para su pie. Dos abominables y uno que no se lo podía abrochar, porque la tira se quedaba corta.

"Fido Dido" empezó a hablar seriamente sobre plantillas de relleno o calcetines de lana.

Y yo, como buen "Hobbit", empecé a repetir: "¿De éste tiene un número menos?" con todos los zapatos que me probé. Me trajeron una nueva remesa y "Fido Dido" aprovechó para reciclar los antiguos, a ver si tenía suerte. Me probé los nuevos. "¿De éste tiene un número menos?" volví a repetir, ante la estupefacción de todos y el cachondeo sin disimulo de "Supermodelo".

La hora de cierre había pasado, las dependientas conspiraban nuestro asesinato y la única que había conseguido zapatos era "Supermodelo" y, tan sólo, porque el dueño era zapatero y se había ofrecido a hacerle un apaño -al zapato, no a ella, aunque... por las miradas que le echaba, no lo tengo yo muy claro-. "Fido Dido" seguía probando nuevas formas de atar las cintas, que cada vez se parecían más a apretar la cincha a un burro. Y yo... Descarté algunos modelos en los que -a pesar de que mis pies parecían morcillas- seguía teniendo una pista de aterrizaje en la parte delantera de la puntera; conservé dos pares más o menos aceptables y pregunté de nuevo: "¿De éste tiene un número menos?". Me tenía que haber imaginado la respuesta: "Sólo para niños".

Aquí, ya no se retuvo ninguno. Ni "Supermodelo", ni "Fido Dido", ni las dependientas, ni un par de curiosos, ni siquiera el dueño que -a mi modo de entender- debería haber tenido un poco más de visión de negocios. Todos hicieron retumbar el local con sus carcajadas.

Como buen "Hobbit" no me enfadé -aunque echase sapos por dentro- y me quedé un buen rato deliberando ante mis dos opciones. Unos sosos zapatos negros sin ninguna gracia y unas increíbles sandalias de raso con tacón plateado y drapeadas por delante. Eran mi sueño hecho realidad. ¡Eran perfectas!... Y moradas. Sin lugar a dudas, estaba gafada. Hay pocos colores más dificiles de combinar que el morado, sin contar que le quedaba mejor un conjunto de lentejuelas. Las miré; las remiré; me probé los otros; me probé los descartados, por si me hubiese equivocado; le pasé unos a "Fido Dido", le encantaron y casi se los lleva puestos. Al final me rendí y me las llevé, para alivio de todos. Me hicieron la ola. ¡Qué exagerados! Total, sólo cerraron una hora más tarde.

Así que salimos las tres con zapatos:
  • "Supermodelo" con unos remendados muy caros
  • "Fido Dido" con unos con los que, aún así, debería usar plantillas de gel
  • Y yo, el "Hobbit", con unos ideales, los más caros de la tienda. Morados.


La próxima vez me busco unos de cristal que, además, vienen con príncipe incluído.



- Fin -

Por: Victoria Hyde


Aquí os pongo las entradas de las desventuras de Pringadilla en su Diario, mi personaje más disparatado.

2 comentarios:

Yolanda dijo...

Puajjjjjj un hobbit??? Jajajjaj. Está divertido. ¿¿Es en plan novela o autobiográfico??

Pringadilla dijo...

Pues un poco de todo Yolanda, una autobiografía novelada.

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