sábado, 13 de noviembre de 2010

- "Burbujas de Papel" - Dama de Noche

Esto es un fragmento que -aunque no lo parezca por el tema- escribí hace algún tiempo, en la época de mi primer bloqueo literario serio. Cuando POR FIN me había hecho a la idea de terminar una novela completa.

Desde que escribí esto creo que he mejorado, pero me gusta el sentimiento del que surgía.


BURBUJAS DE PAPEL

Desde que tengo memoria, mi mente ha estado poblada de historias.

Muchas de ellas dormían arropadas en las páginas de los libros, esperando que mi fértil imaginación las hiciese brotar de las latentes dos dimensiones hacia las cuatro dimensiones, donde el tiempo transcurre y las historias se llenan de colores y sensaciones.

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Otras bullían en mi mente como las burbujas que escapan del agua hirviendo, juguetonas y fugaces, hasta estallar en mil gotitas que alimentaran a su vez, a nuevas burbujas. Unas pocas de ellas, muy pocas, en lugar de estallar se unían con otras hasta formar una burbuja más grande, compleja y resistente, que esperaba paciente en un rincón a que yo la alimentase.

Las historias han sido mis compañeras. Nunca he estado realmente sola, porque siempre había alguna que me tendía una mano -como un Peter Pan interior-, para arrastrarme a un mundo de fantasía cuando la realidad se volvía demasiado opresiva.

Si estaba contenta, me sumergía sin dudar en una de mis propias burbujas y me dejaba arrastrar por la corriente con una sonrisa; sin embargo, cuando mis burbujas se oscurecían, prefería zambullirme entre las letras dónde otro soñador había plasmado sus historias, para soñar en color.

Supongo que es debido a eso que el simple olor a libro viejo consigue tranquilizarme. Cuando empiezo a deambular por la ciudad en busca espacio para respirar, siempre me veo atraída -como las abejas a las flores-, hacia donde haya historias en espera de ser abiertas.

Los dependientes de las librerías de mi ciudad se han tenido que acostumbrar a encontrarme acurrucada en cualquier rincón, con la nariz en un libro y aspirando profundamente con los ojos cerrados.

No sé cuál es mi momento preferido: la nerviosa expectación que te recorre al leer la primera palabra o la sonrisa teñida de tristeza al terminar la última. Con todos los libros me ocurre lo mismo. No me gusta la división entre buenos y malos escritores. Para mí sólo existen Escritores. Contadores de historias. Personas que un día decidieron compartir sus burbujas con aquellos que lo necesiten.

Aunque la calidad no sea tan importante para mí, es cierto que a veces encuentras una historia que toca algo en tu interior y eso la hace especial; por eso agradezco tanto a los contadores que sigan compartiendo sus burbujas, porque todo el mundo tiene que tener la posibilidad de encontrar su historia especial.

Ese es mi sueño. Que una de mis burbujas se convierta en la historia especial de alguien.

Más fácil de soñar que de hacer.

No es la primera vez que intento guardar en papel una de mis burbujas, pero todas han sido tan cambiantes y explosivas que cuando conseguía terminar una parte, la historia había mutado hasta tener poco que ver con la original. Y si decidía irla soñando al mismo tiempo que escribía, el resultado solía ser una amalgama de frases ingeniosas sin un firme hilo conductor.

Visto lo cual, abandoné el papel durante mucho tiempo y me refugié en mi mente, dónde las historias nacían y morían sin pausa.

Hasta que nació una burbuja que no explotaba, sino que se iba nutriendo de las otras y cada vez se hacía más grande. Hasta tal punto creció, que ya no me hacía falta sumergirme en ella para vivirla, sino que me bastaba sólo con contemplarla. En su superficie podía ver los rostros suplicantes de los personajes que me rogaban con la mirada que los dejase libres, porque una sola mente se les había quedado pequeña.

Durante bastante tiempo intenté ignorar su existencia con la vana esperanza de que explotaría como las otras; así no tendría que enfrentarme de nuevo a la impotencia y la frustración que me producía la estricta limitación del lenguaje. No conseguía aplastar en blanco y negro las imágenes que tan claras veía yo en mi mente.

Me había rendido, había decidido abandonar la escritura; pero tuve que resignarme a mi sino y volver a intentar meterme en la piel de una "Contadora de historias" y darles a mis burbujas la libertad que merecían; mis personajes me acosaban pidiendo vida y ni mi cobardía pudo detenerlos.

Sin embargo, cualquiera que se haya sentado alguna vez ante una página en blanco sabrá que no fue tan fácil cumplir mi promesa.

Las palabras peleaban contra mí, los personajes no hacían lo que les pedía y al leer el resultado no conseguía ver ninguna burbuja; sólo una ristra de oraciones, asociadas unas con otras con un cierto orden. Las letras no habían conseguido captar esa esencia que hacía que la burbuja no explotase y, puesto que las había elegido yo, era una deficiencia mía lo que las hacía estériles.

Quería abandonar, ¡de verdad que quería! pero... esta vez la historia no mutaba. Se conservaba latente, esperando... Y yo esperaba que no fuese a mí, porque había quedado clara mi incapacidad para transmitirla. El desespero me consumía, la impotencia me enervaba y el fracaso empezaba a asomar sus maligna sonrisa tras las esquinas.

Ni siquiera me atrevía a contar mi problema a aquellos más próximos a mi corazón. Tantas veces había contado mis planes para mis burbujas y estas habían estallado, que empezaba a sentir un irritante mal presentimiento sobre el tema. Sabía que estaba cayendo en el pantanoso terreno de las supersticiones. Lo sé, es algo poco digno de una persona con educación superior en creer en gafes y mala suerte, pero eran mis creaciones, mis bebés; así que me sentía en mi válido derecho de ser tan supersticiosa como quisiera. No caí en amuletos, rezos y sortilegios -aunque si hubiese pensado que me servirían de algo, probablemente los habría probado todos-, tan sólo me refugié en un silencio tenso, autista y estéril.

Así que callaba. Callaba y sufría. Callaba, sufría y me desesperaba en ese silencio autoimpuesto, con la única compañía de la burbuja. Había cogido tanta entidad propia que las débiles burbujas que nacían, no conseguían mi atención más que por unos breves instantes. Empezaba a temerme que si no lograba extirpármela, jamás podría vivir otra burbuja. Y a pesar o, precisamente, por ese sufrimiento, cada día la amaba más. Era mi bebé. Una semilla casi invisible que había germinado dentro de mí y que, alimentándose de mi vida, sangre y sueños, había ido creciendo hasta estar lista para salir al mundo. Sólo mi incapacidad la separaba de la libertad.

Empezaba a lamentar que no existiese el equivalente de una cesárea mental -con epidural incluida ¡por supuesto!-, que nos permitiese sobrevivir a ambas.

Así que ella me observaba a todas horas en muda súplica de aliento vital. Llegó un momento en que estaba tan habituada a su presencia y caprichos que hasta pensé en ponerle un nombre como si fuera una mascota; incluso, en los peores momentos de mi neurosis, especulaba sobre las posibilidades: “Bolita... demasiado ñoño. Princesa... demasiado cursi. Bubble...”. Por fortuna, nunca llegué a estar tan desesperada como para decantarme por uno extranjero. Al final simplemente caí en que ella tenía su propio nombre, sólo que aún no lo había averiguado, así que no me hacía falta pensar en apodos estúpidos. Afortunadamente para ella, porque a esas alturas mi mente antaño tan fértil y burbujeante, estaba yerma y valdía de buenas ideas.

Y así fue, una noche, de madrugada, el nombre apareció ante mi. Así sin más. Ni fanfarrias ni redobles de tambores, tan sólo la seguridad de que era el adecuado. Salté de la cama y el blanco estéril se llenó de zarcillos negros. Hojas y más hojas, no podía parar. Cuando llegó el amanecer seguía escribiendo. Mi burbuja había encontrado una fisura y presionaba para llegar nacer.

Fue un largo parto y a veces creí que no lo conseguiría, pero hoy puedo decir que valió la pena. Traer un hijo al mundo siempre es doloroso, pero la felicidad que conlleva te compensa por todos los sinsabores.


Por: Victoria Hyde


Aquí os pongo mi lista de entradas como "Dama de Noche".

2 comentarios:

Helena de Troya dijo...

Acabo de descubrirte "pringadilla" jejeje. Necesito más tiempo para adentrarme en tus historietas.
Un saludo y estás invitada a "mis locuras"...

Pringadilla dijo...

Gracias por leerme Helena.
Bienvenida a mis desvaríos particulares.

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