domingo, 10 de julio de 2011

- "Un dinosaurio en el pasillo" - Escena eliminada de "El sultán de los tejados"

Empiezo diciendo que si metí tijera en su día -con todo el dolor de mi corazón- a esta escena... no es porque no me gustase, sino porque ralentizaba la historia de "El sultán de los Tejados" (novela terminada pero en revisión) y se iba por los cerros de Úbeda.

Como me dijo una buena maestra: "Si quitas una escena y la novela sigue teniendo sentido... es que es muy probable que sobre".

Aunque creo que os hará haceros una buena idea de la personalidad de la protagonista...


UN DINOSAURIO EN EL PASILLO


Al salir del tranvía ocupado al estilo japonés, los agobiantes vapores del verano levantino habían abofeteado la cara de Mariola, adornando con unos rojos mofletes el depresivo aspecto con el que había salido de casa.

El enorme bolso que llevaba colgado en bandolera hacía ski aéreo, mientras ella intentaba recuperar esos cruciales minutos que parecían haberse evaporado entre el instante en que apagó el despertador y el que salió de entre las sábanas.

Jadeando pensó: “Hay días en los que estoy convencida que al comprar las sábanas me equivoqué de etiqueta y compré velcro en lugar de algodón”.

Intentando de forma desesperada no mirar el reloj, continuaba despotricando para si misma: “Siempre he considerado como el defecto más irritante, la puntualidad, seguida de cerca por el buen despertar -y mi amiga Ylena las tiene las dos-; lo cual me convierte en la única virtuosa de mi oficina”.

Y como síntoma de su elevada crianza, Mariola rebasó la puerta de entrada del edificio con diez minutos de retraso; acompañándolos con una rastra de poco elegantes maldiciones.

Rebuscaba con saña en el agujero negro que llevaba colgado, alargando el cuello hacia abajo para ver si -sumando la vista al sentido del tacto- conseguía encontrar la tarjeta de entrada y , pese a la exagerada longitud del pasillo que todas las mañanas recorría a toda velocidad, pocos eran los días en los que conseguía tal hazaña antes de llegar al final.

Un tropezón, y el escurridizo rectángulo salió despedido junto con el resto del contenido de su saco sin fondo, desparramándose sin miramientos sobre el parqué. Con la melena ya totalmente revuelta, Mariola se incorporó y rescató sus pertenencias, injuriando con alegría sus rodillas doloridas.

El mini-spray de laca que solía llevar como sustituto del spray antivioladores -cumple la misma función y además tiene un plus estético- rodó con suavidad hasta su mano. Tras recogerlo, el “Gracias" que iba a mascullar se le quedó atascado al ver quién le había prestado ayuda. Una cola.

“¿¿Una cola??”

En efecto, se trataba del extremo de una cola -¡cuya punta era como su puño de gruesa!-, la cual se arrastraba con pereza de una pared a otra del pasillo. Incrédula, Mariola alargó con cuidado un dedo y rozó una de las manchas más oscuras. ¡Estaba caliente!

-A ver... conservemos la calma -se dijo rozando la histeria-. Una cola, a manchas, con un tacto parecido al cuero, caliente, se está meneando con alegría en mitad del pasillo de entrada a mi trabajo -Cautelosa, siguió con la vista la punta de la cola hasta su origen-. Un trasero. Vale. Un enorme trasero. Recapitulemos. Una cola, muy larga, a manchas, con tacto parecido al cuero, caliente, pegada a un enorme trasero que se levanta sobre dos patas con un tamaño a juego con el resto, se está meneando con alegría en mitad del pasillo de entrada a mi trabajo. Hipótesis. Hay un dinosaurio atascado en mitad del pasillo. Conclusión. Estoy soñando. Y, aunque mi alergia a los lunes me ha hecho tener mi cuota de sueños extraños en los que algo me impedía ir a trabajar..., éste desde luego se lleva la palma. Un momento. Está caliente y estoy viendo en colores. ¿En los sueños hay sensaciones? ¿Se puede pensar sobre si se está soñando? Bueno. La respuesta es sí. O eso o me he vuelto loca. Y como si me vuelvo loca pierdo el trabajo y el monstruo Euribor vendrá a comerse mi casita, no puedo perder mi trabajo. Por lo tanto estoy soñando –sentenció.

Mientras que contemplaba estupefacta el hipnotizante movimiento de la cola, una voz amortiguada se oyó desde el otro lado del dinosaurio.

-¿Oiga? ¿Hay alguien ahí fuera? ¿Puede empujar el bicho?

La voz de la futura víctima de cáncer de pulmón sólo podía pertenecer a un domador. Sólo uno de ellos -o Cocodrilo Dundee- se atrevería a llamar bicho a semejante trasero.

-Esto... preferiría que no.

“Ni loca pienso apretar el trasero de nadie y menos uno de semejante tamaño", espetó su mente.

-Venga señorita que no muerde.

-Desde este lado seguro que no -rezongó-; pero como le vea levantar la cola para hacer cualquier otro tipo de necesidad básica...

Después de dudar unos segundos y, tras mirar de reojo la esfera acusadora del reloj, se arremangó con cuidado y apoyó las palmas en la superficie que tenía más cerca; la cual cedió suavemente bajo su presión. Le dio un empujoncito tentativo y se apartó con rapidez.

-¿Ya?

-Más fuerte señorita que no nos podemos quedar aquí todo el día.

"¿Tendrán que ir a bloquear más oficinas antes de que suene el despertador de alguien?”, se preguntó con un regocijo ligeramente histérico.

Haciendo de tripas corazón, saltó sobre la inquieta cola y apoyó el hombro.

“Después de esto tendré que desinfectar toda mi ropa cuando me despierte”.

Inspirando con fuerza, empujó hasta que sus zapatos empezaron a resbalar, sin que el “bicho” se moviese ni un milímetro.

-¡Éstos se han creído que soy superwoman! –gruñó con irritación.

-¡Déjelo, déjelo! -gritaron desde el otro lado-. Que nos dicen que hay que sacarlo. Si puede, coja de la cola y estire.

Mariola contempló el ondulante movimiento durante unos segundos.

-¡Ni de coña!

-¿No hay alguien ahí fuera que pueda ayudarle?

Miró con ingenua esperanza detrás de ella.

-No.

-Bueno, pues si quiere pasar tendrá que echarnos una mano.

-Es que se mueve...

-¡Mierda! ¿Podéis hacer que ese bicho se esté quieto? -el grito consiguió atravesar la masa con suficiente potencia para sobresaltarla.

De inmediato cesó el movimiento.

-¿Cómo...? No quiero saberlo. No quiero saberlo. No quiero saberlo.

-Ahora agarre la cola.

-Eso. ¡A dos manos! -añadió otra voz y se pudo escuchar como las carcajadas acogían su comentario.

Fulminó la masa, deseando tener los ojos de superman.

“Hasta en mis sueños los hombres tienen que hacer chistes malos”.

Apretó los dientes. Miró el reloj. Hizo una mueca. Y se decidió a coger el miembro, esto... la extremidad en cuestión.

-A la una, a las dos...

A la de tres estiró con todas sus fuerzas del pesado extremo.

-¡Qué no tenga dientes! -murmuró para darse ánimos.

-Otra vez.

Volvió a intentarlo. Esta vez, el obstáculo se movió como si se descorchara una gigantesca botella y –debido a la inercia- ella cayó de nuevo mirando a oriente. Agradeciendo el que siempre tuviese que llevar pantalones para trabajar se giró y...

-¡Agghhhh! ¡Lo hemos partido por la mitad! -su alarido resonó en el ahora despejado pasillo, volando por encima de lo que era la mitad trasera de un dinosaurio.

Varias cabezas curiosas se asomaron por los laterales del animal.

-No se preocupe señorita. Venía así de fábrica. Nos equivocamos de pasillo. Ale. Todos a empujar.

Apretándose contra las paredes del pasillo, mientras pasaba rozándole la mitad de un gigantesco dinosaurio articulado con los cables colgando, pensó:

"No vuelvo a trabajar cerca de un Toys'r us".


- Continuará... -

Por: Victoria Hyde

Si queréis leer algun trocito más de mis historias en curso, visitad: Novelas en construcción.

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